viernes, mayo 20, 2005

Club de intercambio de parejas

El pasado fin de semana estuve con mi ex-pareja. Hace unos meses decidimos de mutuo acuerdo poner fin a 9 años de relación. La ruptura fue totalmente amistosa ya que no hubo ningún detonante que la provocara. Ella se marchó a vivir lejos de aquí y ha rehecho su vida; y yo no, porque no se puede rehacer algo que nunca ha estado hecho.
Este fin de semana hablamos del presente, del futuro y, cómo no, también del pasado. Estuvimos recordando cantidad de batallitas que hemos vivido juntos, y uno se asombra de lo mucho que dan de sí 9 años. Una de las anécdotas que recordamos entre carcajadas, es la que voy a contar a continuación. Por supuesto le he pedido a mi ex-pareja (que de aquí en adelante llamaré V) su consentimiento para escribirla, ya que algunos de los que leéis esto la conocéis personalmente (aunque los que conocéis a V sabéis la historia porque ya la hemos contado alguna vez).

Esto ocurrió hace unos 4 ó 5 años (no recuerdo exactamente), era Diciembre, durante el puente de la Constitución. No sé qué celebrábamos nosotros, pero recuerdo que fuimos a cenar a un buen restaurante. Durante la cena hablamos de mil cosas pero al calor del vino tinto acabamos hablando sobre los clubs de intercambio de parejas. Los conocíamos porque alguna vez habíamos leído juntos en la cama revistas de este tipo, que yo de vez en cuando compraba por mi insaciable curiosidad por el otro lado del espejo del alma humana. Para el que no conozca ese mundo, sólo decirle que en España hay cada vez más parejas que practican el libre intercambio sexual. En España se publican 5 ó 6 revistas de periodicidad semanal y con unas tiradas nada despreciables, y a través de estas revistas la gente se pone en contacto para realizar intercambios, tríos, etc... En el mundillo esta gente se autodenomina "swingers". La otra opción de los "swingers" son los clubs de intercambio de parejas, que en España están floreciendo a buen ritmo, aunque estamos muy lejos aún del nivel de otros países europeos (un dato revelador: en toda España no llegan a la treintena este tipo de clubs, y sólo en París hay más de 50).

Dado que la conversación se había puesto muy interesante, nos entró a los dos una curiosidad morbosa. Y como V también es amante como yo de las experiencias extravagantes, se nos calentó el bocado y decidimos ir esa noche a un club de éstos a ver cómo era. Elegimos el que mejor pinta tenía por lo que habíamos leído en las revistas, que está ubicado en un lujoso chalet en la playa de San Juan (Alicante), que anteriormente había sido la discoteca Pachá. De camino en el coche íbamos descojonados de risa, anticipando las miles de posibles situaciones que nos podíamos encontrar allí. En mi constante huida del tedio vital siempre he tenido muy claro que para vivir una aventura no hace falta apuntarse al Camel Trophy o correr el Paris Dakar, es tan sencillo como proponértelo y romper la baraja, y convertir lo que podía haber sido una simple noche más en todo un excitante abanico de posibilidades infinitas. Posibilidades buenas y malas, porque V se moría de risa en el coche cuando le decía que si aquello no resultaba ser lo que nosotros pensábamos, que si eran sólo cuatro colgados, rollo secta de vampiros, me veía saliendo de allí a palos, con la antorcha en una mano y con la otra repartiendo culatazos con el Winchester. Conforme nos imaginábamos como podía acabar la noche, en el estómago se nos formaba el mismo nudo que se te hace en la cola de la montaña rusa. Evidentemente pactamos que, aunque en principio la idea era solamente ir a ver cómo funcionaba aquello, si entrábamos era con todas las de la ley y que los dos aceptaríamos cualquier cosa que pasara allí dentro; la suerte estaba echada y luego no valdría montar numeritos. Huelga decir que nuestra relación siempre fue muy abierta y libre, sin lugar para celos y desconfianzas, porque si no es así desaconsejo absolutamente la experiencia a cualquier pareja que no lo tenga muy claro, porque puedes ir a un sitio de estos por curiosidad, o de cachondeo y llevarte una sorpresa muy gorda.

Llegamos a la puerta del club y aparcados delante había muchos coches de lujo y de gama alta, algunos con matrícula extranjera. Es un chalet muy lujoso pero su apariencia es bastante discreta, rodeado totalmente por unas vallas altísimas y con un escueto cartel: "Bilitis - Parejas". (Tiempo después descubriría por casualidad en un videoclub que el nombre es un homenaje a una película erótica francesa de los años 70). Tocamos al timbre y nos deslumbra el foco de la cámara del portero automático. Después de escudriñarnos largo rato en un incómodo silencio, y al no reconocernos como clientes habituales, nos pregunta una voz femenina con bastante acento francés que si sabemos dónde hemos llamado. Le contestamos que sí, que veníamos al club. Se abre la puerta y accedemos a un impresionante jardín decorado con muy buen gusto, iluminado todo con luces indirectas que le daban un aspecto espectacular.
Siguiendo el sendero llegamos a otra puerta de seguridad cerrada; volvemos a llamar y nos abre la francesa: una mujer madura, muy guapa y con mucha clase. Nos hace pasar a una pequeña sala, que era el guardarropa, nos pide las chaquetas, y con mucha sutileza empieza a hacernos una batería de preguntas. Antes de continuar, debo describirme físicamente para que se entienda el recelo de la francesa ante mi presencia en un sitio como aquél: soy grande y gordo, llevo melena muy larga, barba de talibán y el cuerpo cubierto de tatuajes (y cuando digo cubierto, no quiero decir dos o tres garabatos, quiero decir cubierto desde las muñecas hasta el pecho, como un puto Yakuza, pero en paleto. Otro día contaré la historia de los tatuajes que también tiene miga). Por suerte mi ex-pareja es todo lo contrario a mí: muy modosita y con muy buena presencia (en aquel momento era monitora de aeróbic), y como al parecer lo que interesan en estos sitios son las chicas, y mejor si son caras nuevas y coños frescos, pues de momento no nos echaron de allí a patadas. Pero aún así, la francesa seguía reacia a dejarme entrar, y se estaba poniendo un poco pesada. No paraba de hacernos extrañas preguntas, especialmente a mí, y no dejaba de evaluarme con la mirada mientras hablaba, porque no debía tenerlas todas consigo ya que supongo que en sus años de experiencia habrá visto más de un caso de parejas que van allí al "jaja jiji" y después, ya en faena, a alguno de los cónyuges se le ha cruzado el cable y habrá montado allí mismo la marimorena más bochornosa. Para cortar con el rollo y como yo ya estaba loco por entrar, le mentí y le dije que veníamos de fuera y que en nuestra ciudad practicábamos asiduamente el intercambio. Esto pareció tranquilizarla por lo que por fin nos hizo pasar a una estancia enorme, como el hall de un hotel. Todo el entorno, desde que entramos, estaba iluminado muy tenuemente y siempre con luces indirectas, creando un ambiente íntimo y acogedor. Para rematar el cuadro, en medio de la sala había una gran chimenea señorial con un fuego de leña encendido. Toda la estancia estaba rodeada de sofás y al fondo, en alto, había una barra, como de pub elegante. En el precio de la entrada (10.000 ptas. de las de entonces por pareja) te incluían dos consumiciones para cada uno (supongo que para desinhibir a los más tímidos a base de alcohol). Pedí unos cubatas y nos sentamos en un discreto rincón. La francesa se acercó a explicarnos las reglas del juego, que eran de obligado cumplimiento, ya que en caso contrario su marido y su hijo (dos tíos enormes que estaban sirviendo en la barra) te "invitarían amablemente" a abandonar el local. Las reglas eran que en la sala donde estábamos no se podía entrar desnudo, así como no se podían llevar copas a la otra área porque se podían romper y podían caer cristales al jacuzzi o al suelo y la gente que andaba descalza y desnuda podía cortarse. Todo acto había que hacerlo y proponerlo con sumo tacto y delicadeza, no valía ponerse como una moto y comportarse como un burro en celo, acosando y faltando el respeto a la gente (esto -no sé porqué- lo dijo mirándome a mí). Si alguien te acariciaba y tu no quería seguirle el rollo debías presionarle levemente el antebrazo, que era un educado código de rechazo de su proposición. Si la persona insistía a pesar de tu aviso, debías llamar inmediatamente por alguno de los muchos interfonos que había distribuidos por todo el chalet y enseguida acudiría "uno de los chicos" para expulsar al infractor. He de reconocer que lo tienen muy bien montado, que allí todo transcurre con muchísima discreción, naturalidad y "fair play", tratándose de las bajas pasiones del cuerpo.

La francesa, ya más relajada tras unos minutos de charla en los que comprobó que éramos personas sensatas y que yo no me comía a nadie, seguía explicándonos el funcionamiento: si necesitáis condones o toallas llamáis al interfono, etc, etc...
Por fin nos dejó solos y empezamos a observar el panorama desde nuestro oscuro rincón. La verdad es que por lo que había visto en las revistas, me imaginaba que habría todo tipo de gente, pero en aquella sala el nivel era muy alto, había muchas parejas jóvenes y atractivas, y algunas mujeres realmente espectaculares. Era una sensación muy extraña el mirar a otras parejas allí sentadas y notar en el ambiente esa complicidad de saber sin tapujos que todos estaban allí para lo mismo. Mi problema es que allí las miradas se interpretaban enseguida como una proposición, por lo que yo ya no sabía dónde poner los ojos. Llegó poco después una pareja joven y se sentó a nuestro lado, demasiado cerca para el espacio libre que había. Eran jóvenes, él atlético y muy atractivo y ella una rubia impresionante (y cuando digo impresionante, quiero decir un pedazo de rubia espectacular, con un cortísimo vestido rojo que dejaba muy poco para la imaginación. Me recordaba a la ex-mujer de Sergio Dalma, creo que se llama Maribel Sanz o algo así). El hecho de ser carne fresca ya era un punto a nuestro favor, pero encima para mi sorpresa descubrí que por lo visto a estas mujeres tan desinhibidas les pone mucho ver a un pimpollo, novato en estas lides, totalmente desbordado por la situación e intimidado por semejantes amazonas liberales. La rubia no paraba de mirarme y yo estaba un poco agobiado. Vamos a ver, yo no soy ningún mindundis fácilmente impresionable, pero joder, las cosas así, tan a saco y recién llegado, me descolocaban mucho, y ya empezaban a aflorar mis paranoias e inseguridades. Ya no sabía qué hacer ni dónde mirar, parecía un mal actor al que le han dicho que, ante todo, no mire a cámara y no sabe qué hacer con los ojos. Intentaba mostrarme muy natural, pero el resultado era desastroso: mis movimientos resultaban robóticos y los ojos, de tanto forzar la mirada ausente, me hacían chiribitas como a Marujita Díaz. Acabé hablándole a V en una postura totalmente absurda y contorsionada, completamente reconcentrado en mí mismo y a punto de dislocarme el cuello, con tal de darle la espalda a la rubia, que estaba sentada a escaso medio metro de mí; al menos durante el tiempo que tardara en trasegarme mis dos cubatas y uno de los de V, para tratar de armarme de un mínimo de valor para mirarla a la cara y decirle cualquier cosa.
Para mi alivio, cuando me giré ya se habían ido dentro. La sala donde estábamos era como un recibidor donde llegabas, te relajabas, entrabas un poco en calor y ya te ibas para dentro, a través de un oscuro pasillo tapado por una intrigante cortina. V me suelta: "Has triunfado con la rubia, ¿eh? Y anda que no estaba buena la tía". "Hostias V, aquí la peña va a saco. Yo es que, así en frío, todo esto me viene un poco grande". Y no acabo de decir esto cuando veo que una mujer que estaba en la barra y que llevaba un buen rato mirándome también (la verdad es que todavía no logro entenderlo muy bien, pero en fin), rechaza la llama del mechero que su pareja le ofrece para encenderle el cigarro, le comenta algo al oído y se viene directa a hacia mí: "¿Tienes fuego, grandullón?". Le dí fuego y se sentó a hablar con nosotros, mientras el marido seguía en la barra. Era bastante guapa y parecía simpática, tendría unos cuarenta años, muy bien llevados a juzgar por el ajustado modelito que lucía, marcando su cuerpo rotundo. (Como hijo de la generación de la televisión, mi cerebro está aquejado de una carencia consistente en que las palabras, si no vienen acompañadas de imagen que las ilustre, no surten efecto en mi embotada imaginación. Por lo que siempre que alguien trata de describirme a una persona exijo una referencia visual, que me digan a qué personaje famoso o conocido mío se parece para que pueda hacerme una idea aproximada. Si no, no hay manera; ya pueden bombardearme con toneladas de información y descripciones, que si no me dicen: "es como fulanito pero con bigote", no hay forma de que me imagine al personaje. Además, ¿no dicen que una imagen vale más que mil palabras? Pues por esto mismo y para ahorrar esfuerzos, trataré de dar alguna referencia visual de las personas que describa aquí, como he hecho con la rubia. Por ejemplo, la señora que me pidió fuego sería como Teresa Rabal en sus buenos tiempos, pero con tipazo. Yo ya me he descrito más arriba, y V me han dicho que se parece mucho a una que sale en "Aquí no hay quien viva" que hace de lesbiana que vive con un gay, pero como no he visto nunca esa serie no lo puedo corroborar). Nuestra improvisada amiga nos dijo que nos había calado desde que llegamos, que se notaba a la legua que éramos novatos y nos dio algunos consejos útiles para empezar a volar. Pero lo que nos aseguró que nunca fallaba era el jacuzzi. Según ella, allí dentro con el calorcito del agua, las burbujas y el revoltijo de piernas y brazos, se hacían diabluras debajo del agua y era ideal para romper el hielo. Le comenté que me había sorprendido y descolocado mucho lo de la rubia, y me dijo que tuviéramos en cuenta que aunque allí va mucha gente de fuera, a la larga acababan siendo las mismas caras y que siempre son bienvenidas parejas nuevas, y más si son principiantes, porque da cierto morbo iniciarlas en este mundo y ver como disfrutan descubriendo unos placeres que ni sospechaban que podían llegar a vivir. Lo comparó a la felicidad de los niños abriendo los regalos el día de reyes (yo no entendí muy bien el símil pero asentí con la cabeza). "Además, tú no estás nada mal, tonto. A mí también me has hecho tilín cuando te he visto entrar. Me ha dado un no-sé-qué de verte ahí tan agobiado al principio. Así que cuando entréis y ya estéis más relajados, si os animáis buscadnos; aquel de allí es mi marido, que por cierto, lo tengo abandonado al pobre. Nos vemos. Ciao". Y me planta un caliente beso con sabor a tabaco en los morros y se vuelve a la barra. El marido nos manda un saludo con la mano y nosotros correspondemos. No dejaba de sorprenderme con que desenfado se trataba allí el asunto del sexo: sin tabúes, sin complejos y directo al grano; sin hacer una montaña ni un drama de una cosa tan sana y natural que debe ser motivo de alegrías y no de traumas y culpabilidades. Allí era así de simple: tu me "has hecho tilín" y si te apetece, búscame y follamos. Así de sencillo, y así de bonito. Aquello empezaba a ponerse interesante de verdad, así que V y yo mirándonos a los ojos y sin decir una palabra, chocamos las manos como reconfirmación del pacto de mutua carta blanca, y nos dirigimos hacia la misteriosa cortina.
(Pero como este post ya se ha hecho demasiado largo, continuaré mañana).

10 comentarios:

Cripema dijo...

Micro, una cosa es querer poner la miel en la boca a tus lectores, y otra es esto!!
Hasta yo que me se el desenlace, estoy deseando que sea "mañana" para leer la segunda parte.
Solo una reflexión...te imaginas que en un sitio así te encuentres con tu jefe y su mujer o con los padres de unos amigos?...

Micropene dijo...

Eso sería una situación embarazosa, pero pienso que por eso, para evitar curiosos y cotillas, antes de dejarte entrar donde está el tomate te reciben en el ropero y si respondes a los enigmas de la esfinge gabacha te dejan pasar al hall, donde la gente aún va vestida y sencillamente están charlando y tomando una copa. Por lo que si te encuentras a algún conocido en el hall aún podrías decir que sólo has ido a ver cómo era aquello. Y si te los encuentras dentro en pelotas, ahí ya no colaría ninguna excusa pero estaríais en igualdad de condiciones, porque los dos estáis allí para lo mismo, así que muy probablemente acabarías follando tan tranquilamente con tu jefe o con el padre de tu amigo.

Cripema dijo...

Si me encontrara con mi jefe en un sitio de esos aunque estuvieramos desnudos sé que nos pondriamos a disertar y analizar las posturas y costumbres sexuales de los allí presentes.
Hariamos una estadistica, intercambiariamos opiniones e intentariamos alcanzar una conclusión del porqué de determinada postura o de determinado gemido...
Y si no llegaramos a conclusion alguna, sé que él, incluso buscaría documentacion externa....
Como aquel día que en un kit kat durante la jornada laboral, discutiamos sobre las diferencias del orgasmo masculino-femenino y él, bajó a la Fnac a comprar un libro:
¿Que nos pasa en la cama? de Lorena Berdún.
Libro éste que desde entonces, forma parte de nuestra biblioteca del trabajo junto con libros de economia, derecho y comercio exterior.

Respecto al padre de un amigo...pues dependeria del amigo...o mejor dicho, del padre..¿cuantos años tiene el padre? ¿es guapo? ¿soy muy amiga de mi amigo o es solo un conocido?? ¿afectaria a nuestra relacion que me acueste con su padre? ¿se enfadaria? ¿Se enteraría??
Que pereza, demasiadas variantes...creo que para conseguir ese nudo en el estomago, mejor me subo al vuelo del fenix de Terra Mitica que la sensacion posterior es similar a una experiencia orgasmica...es decir, tambien te tiemblan las piernas.

Micropene dijo...
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Micropene dijo...

Pues yo sí que me follaría a mi jefa, o al menos superior jerárquicamente. ¿Verdad, Cripema?

Gilito dijo...

Micropene, amigo y maaestro,... pero que cabrón que eres !!! :-)

Xaturriauu dijo...

Coño!!!!
Con la de veces que ....y no nos hemos encontrado nunca...o???? no serás tú el de....mecaguenlaputa...ya decía yo que me sonaba ese tatuaje....No te podrías sentar en una semana no??...menudo numerito......

J-vol dijo...

¿Se puede ir sin pareja a estos lugares y decir que ya vendrá más tarde y que tu vas tirando hasta que llegue?

zen-cerro dijo...

Encontrarse al jefe en un club de intercambio es, en efecto, una fatalidad. Por fin podrà delegar en ti la ùnica de las tareas fastidiosas que aun no se habia atrevido a encomendarte: que te folles a su mujer.

mil dijo...

Hola, la gente es más tolerante de lo que pensamos. Yo he tenido alguna sorpresa de estas y o bien nos hemos saludado o nos hemos hecho los suecos, ignorándonos como si no nos hubiéramos visto.

Os dejo esta guía de Intercambio de parejas España que quizá os sea útil.